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Tamén puiden ser eu | 21/05/2006 18:39
Non olvidemos!!!
Carta dirigida a mis hijos, Cárcel de Pontevedra 24 de Mayo de 1937.

No podéis imaginaros hijos queridos por el sufrimiento horrible por que tuve que pasar durante todo el tiempo que estuve preso. Mi dolor era grande más que por mi sufrimiento por el amor que por todos vosotros sentía. Pensando noche y día en vosotros todos, pensando en aquel hogar antes tan feliz se fueron pasando aquellos días horribles. Conducido de cárcel en cárcel y en una atmósfera de odios y torturas sin cuento fui arrastrando aquella horrible existencia. En mi peregrinación de prisión en prisión fui conducido a la Isla de San Simón situada al fondo de la ría de Vigo y convertida en colonia penitenciaria. Allí me tuvieron unos dos meses; durante este tiempo recibía la visita de vuestra madre y de vuestra tía Carmela las cuales arrastrando mil fatigas con días de temporal y lluvia venían a yerme durante unos minutos; no les permitían más, y a traerme vituallas para toda la semana. Alguna vez también os traía a vosotros, con que dolor os contemplaba a través de aquellas rejas, hijos queridos. Cuando seáis mayores y hagáis una visita a esa Isla, no como yo lo he hecho a la fuerza y con las manos atadas, sino en plena libertad, recordad que allí ha estado vuestro padre, que cada rincón de la isla es un recuerdo mío, que aquellos mirtos que forman un paseo era lugar predilecto mío y en el que me entregaba a mis meditaciones, que en él pasaba la mayor parte de las horas del día acariciando la esperanza de algún día ser libre para llevar a mi hogar la alegría perdida y volver a ser para vosotros y vivir para vosotros. De allí fui conducido a esta cárcel de Pontevedra y después de un proceso urdido con la mentira y con la calumnia fui condenado a la pena de muerte el día 12 de mayo de 1937. Hoy hace doce días que pesa sobre mí esa terrible sentencia.
Los días que me quedan de vida son contados. Esta líneas os las escribo en la celda llamada especial N° 1. Algunas veces durante el día me acerco a una de las tres ventanas que dan a la calle y a través de esos hierros veo cómo juegan alegremente algunos niños y oigo sus vocecitas infantiles. Me acuerdo de vosotros inocentes criaturas que cuan ajenos estáis a lo que le pasa a vuestro padre. Un dolor inmenso desgarra mi alma y mis ojos se nublan de lágrimas.
No es la idea de la muerte Lo que me abruma es el tener que separarme de vosotros para siempre. La vista de la calle me entristece y ya no quiero verla más. Todo me apena, todo me recuerda’ mi vida pasada. Veo una mujer que lleva un niño en brazos, me acuerdo de mi santa madre, enferma de tanto llorar por mí. Veo un joven y una joven que son novios como se dice corrientemente; me acuerdo de los días venturosos en que lleno de dicha y de esperanza yo y vuestra madre vivíamos felices cifrando nuestras ilusiones en un porvenir risueño, y contemplo ahora nuestro hogar destrozado por la adversidad y la desventura. Una pena inmensa invade todo mi ser. No quiero recordar en este momento más. Podría contaros muchas cosas más pero el recordarlas me es un martirio.
Hijos míos antes de terminar quiero deciros, que el amor al trabajo, al estudio y a la familia fueron las tres condiciones principales de mi vida. Vuestra abuelita; mi madre querida, y mi hermana Carmen que os ayudó a criar y vuestra madre juntamente con vosotros, fuisteis todos mis seres más queridos, mi hogar feliz. Ellas os podrán contar mejor que yo como era vuestro padre.
Sed buenos hijos para con vuestra santa madre, que el hogar sea para vosotros una casa sagrada. El hogar es la base de la sociedad y con hogares honrados se obtendría una sociedad honrada y digna. Llevaros siempre bien los cuatro y no os dejéis arrastrar por las pasiones, no riñáis nunca. Atended siempre los consejos de vuestra madre. En fin apartaros del vicio y de las malas compañías y así cumpliendo todo cuanto os dejo dicho honraréis la memoria de vuestro padre.
Que ya mayores seáis buenos padres y en todo tiempo honrados ciudadanos respetuosos de vuestros semejantes principalmente con los ancianos y desvalidos.
¡Adiós hijos míos! ¡Adiós hijos queridos! ¡Adiós para siempre!
Os desea de todo corazón felicidad y dicha vuestro padre José Mejuto.

Gracias a todos.
Manuel Mejuto Nogueira Y FAMILIA.
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